SHARON OLDS
Aquel año
El año de la máscara
de sangre, mi padre
dando golpes en la puerta de cristal,
fue el año que encontraron el cuerpo de ella
en las afueras,
bajo la tierra, desnuda, blanca
como los hongos, en descomposición parcial,
violada, asesinada, la chica de mi clase.
Aquél fue el año que
mi madre nos llevó,
nos escondió para que él no pudiera
tocarnos
cuando ella le dijo que se largara, así que
no hubo
más muñecas atadas a la silla,
no hubo más comida negada
ni alimentación forzada, la cabeza sujeta hacia
atrás,
vertida por la garganta en el restaurante,
la vergüenza de lecha agria vomitada
que chorreaba por el jersey con su vergüenza
de nuevos pechos.
Aquel fue el año
que me puse a sangrar,
cruzando esa frontera durante la noche,
y en la Historia, llegamos por fin
a Auschwitz. Lo reconocó
como la cara de mi padre, la cara del guardia
volviéndose, la espalda o peor,
volviéndose hacia mí.
las pilas simétricas de cuerpos blancos,
Las formas mamarias, redondas y blancas, de los montones,
el olor del humo, los perros, los alambres
las cuerdas, el hambre. Esto había pasado a
los demás.
Había una palabra para nosotros. Yo era judía.
Esto había pasado a seis millones.
Y había otra palabra que no existía
para los seis millones, sino para mí
y para muchos más. Yo era
una superviviente.
Desconocida en demasiados compendios de “la”
historia, como si no fuera una realidad social funesta,
la literatura de mujeres está desvelando la
magnitud de la violencia ejercida no solo por algunos
padres sobre sus hijas. O por algunos maridos sobre
sus esposas. O por el hermano sobre la hermana. Sino
también por jerarquías patriarcales
cómplices, sujetas a todo tipo de corporativismos
masculinos. Margarita Borja, en su libro inédito
Poemas del amor al don, dedica dos poemas a iluminar
el momento en que las Sufragistas inglesas, en huelga
de hambre, herramienta de presión política
inventada por ellas para forzar la concesión
del voto femenino, son brutalmente obligadas por el
personal médico a comer a la fuerza. Su lider,
Emmeline Pankhurst, afronta con inusitado coraje la
situación. Sus propias hijas, activistas como
ella, escribirán lo sucedido, describiendo
el reconocimiento público que convocan cada
vez que son liberadas de la prisión.
Margarita Borja
Aleph sufragista
I
Sólo m a
dre recibía a los batallones médicos
con sus armones de embuchar gansos
puesta en pie,
henchida de majestuosa indignación
;
a testigu a
, en el aleph de las pa la bras ,
Christabel, primogénita
Pankhurst
II
En su doceava salida de la cárcel,
la cabalgata aguardaba en la rumorosa
calle ;
la carroza engalanada , la infantería
de sufragistas
en sus trajes blancos ;
Christabel y Sylvia su hermana adornaban aros de guirnaldas
con hojas robadas al don
umbrío en los jardines
de emmeline
al arco vegetal sobre el río
inexistente.