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¿Es posible aún hablar de una gran teoría (gran relato)? ¿El dinamismo de lo social sigue respondiendo a una dialéctica mas allá de los finales de partida anunciados?
Las postrimerías del siglo XX nos dejaron en una especie de impasse gnoseológico. Se habló de pensamiento postmetafísico y, con ello, la filosofía parecía inexorablemente ceder su puesto a disciplinas más positivas: la sociología, la economía, la geopolítica incluso. Pero esa misma imposibilidad de Absoluto manchaba de provisionalidad los saberes, otorgándoles un carácter hipotético, pragmático, posibilitista. El relativismo cultural ahogó la universalidad de los principios, y las grandes construcciones teóricas se configuraron únicamente como modelos de comprensión, cuya certidumbre, amén de contingente, era principalmente poética: lógica borrosa, teoría de las catástrofes, física de cuerdas, fractales y agujeros negros impregnando por doquier de finitud situada nuestras pretensiones teóricas.
La pasada centuria cumplimentó la estética del asesinato sin estridencia, la orgía displicente de la extenuación. Cada vez más, el mundo dejó de ser un factum, un conjunto de hechos, para convertirse en un fictum, un adherido de simulacros. Primero, se consumó el crimen de las esencias, ese transfondo noúmenico con que la antigua metafísica pretendía dar urdimbre subterránea a los fenómenos. Más tarde, la materialidad empírica fue adelgazando su consistencia hasta convertirse en un mero constructo ilusorio de nuestros modelos teóricos. Posteriormente, fue la Teoría misma, quien, aislada en sí misma y sin paradigmas contundentes, emergió como un heterogéneo haz de micrologías. Con esta triple crisis de la fundamentación –metafísica, empírica y teórica–, las nociones más arraigadas se convirtieron en meros consensos estratégicos. Tras la muerte de Dios y del Ser, a manera de epidemia silenciosa, un extinguirse desfallecido completó la plaga exterminadora: la Realidad, el Sujeto, la Historia... mostraban boqueantes los estertores de la agonía. El pensamiento se convirtió en un desalentado deambular entre espectros. Inusitada experiencia de lo fantasmático que, sin embargo, rehuía cualquier tinte de tragedia. Una afiebrada apoteosis de lo carnavalesco, una alegría dichosa de lo efímero tornó festivo este baile de muertos. Cual si de cuerpos gloriosos se tratara, felices al fin de deshacernos de la podredumbre de la carne, nos aprestamos a ser imágenes de nosotros mismos, entes aproximativos en un decorado virtual.
Delirio de la extinción, amable irrelevancia, feliz sustitución de las catedrales por las grandes superficies.
Pero veamos más de cerca algunas de las referencias y momentos mencionados. |