viernes, 05 de septiembre de 2008
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El lenguaje de género. Otra vez la historia nos dará la razón

Mª Luisa Balaguer








El reconocimiento del derecho de las mujeres a una designación propia de género, es una condición imprescindible del derecho a una igualdad real. El mantenimiento del masculino genérico en el lenguaje no responde a la totalidad de la Humanidad, sino a la designación del hombre. Es cierto que puede sobreentenderse nuestra denominación dentro del masculino genérico, pero también es cierto por eso mismo, que no se nos nombra a las mujeres. Y el lenguaje condiciona la creación del pensamiento, toda experiencia está mediada por la relación entre el pensamiento y el lenguaje. En “Estética y hermética”, Gadamer considera el lenguaje como “el medio universal de la experiencia”. Desde esta concepción del lenguaje, se puede afirmar que la lengua es el producto social de cada persona depositado en el cerebro. De ahí se desprende el papel activo que el lenguaje tiene en la configuración del pensamiento. Y por lo tanto, la relación entre el nombre de cada cosa y su significación. Es fundamental, en esta nueva concepción del lenguaje, la implicación de sectores del conocimiento científico que desborde el ámbito puramente lingüístico y filosófico. En este sentido se impone una concepción del lenguaje desde la Sociología del lenguaje, la etnografía, e incluso el psicoanálisis. El lenguaje se configura en este sentido como el medio fundamental de la expresión de la producción simbólica inherente a la naturaleza humana. La relación entre las teorías del conocimiento y el lenguaje, da por sentado en la actualidad que los procesos cognitivos tienen su origen en el pensamiento simbólico. También desde el psicoanálisis se ha planteado la relación entre lenguaje y pensamiento, atribuyéndole un importante papel en la formación del inconsciente. En la medida en que la comunicación se concibe por el psicoanálisis como una señal, la decodificación de sus contenidos exige un papel activo en su proceso de intelección. El lenguaje se percibe por el psicoanálisis como un modo de comunicación cuyo significado muestra la relación con el subconsciente, y crea una relación de identificaciones simbólicas, capaces de relacionar al sujeto con el mundo. No hay inconsciente sin lenguaje, porque es este el que predetermina el pensamiento. De ahí que algunos psicoanalistas, como Lacan, consideren la incapacidad de una total comunicación como consecuencia de los límites del lenguaje. Las obstrucciones a esa comunicación forman parte esencial del lenguaje. Al lenguaje es consustancial su limitación. Si no podemos llegar a un conocimiento total de muestra mente es porque el lenguaje no nos lo permite. La atribución histórica en prácticamente todas las sociedades de un lenguaje genérico masculino para la designación indistinta de mujeres y hombres tiene una consecuencia inmediata, que es la conformación del universo simbólico mediada por el masculino genérico. Y produce el falso conocimiento de que la realidad ocurre solamente en uno de los géneros, el masculino. Esa falsedad social es consecuencia de la formación histórica de una estructura de dominación, en la que el lenguaje coadyuva al sistema de dominación patriarcal. El estudio de la relación entre poder y lenguaje nos permite comprender la manera en que el lenguaje masculino se ha impuesto como genérico. Y en la medida en que ningún sujeto se da en el vacío, sino siempre en una interrelación con otros sujetos, y dentro de las construcciones culturales tejidas en su entorno, las mujeres han de enfrentarse a una identidad preconstituida por los hombres. Otra cuestión es la de qué hacer para cambiar la supeditación de la mujer al lenguaje masculino. En este sentido las posiciones no son coincidentes a menudo con el análisis. Hay quiénes piensan que la erradicación del lenguaje sexista no necesita más que esperar a la igualdad de la mujer. Y quiénes piensan que es cierto que el lenguaje por sí sólo no puede alcanzar la igualdad de género, pero si no se modifica, se retrasa la igualdad. Tal construcción presenta importantes dificultades que deben solventarse científicamente, pero que no deben ser obstructivas del desarrollo adecuado del lenguaje de género. Desde las autoridades lingüísticas ha habido una cierta resistencia a admitir estas iniciativas, que se han considerado gramaticalmente incorrectas. La Real Academia de la Lengua Española ha cuestionado el propio término “género” como incorrecto, inexacto e inconveniente. La RAE considera en relación con el género que “las palabras tienen género mientras los seres vivos tienen sexo”. Entiende que el término género es una traducción de la palabra anglosajona “gender”, que en los años setenta con el auge de los estudios feministas se ha extendido a otras lenguas. Este término ha servido para diferenciar la categoría biológica de la categoría socio-cultural que implican las diferencias de orden social. Dentro del ámbito sociológico puede resultar útil e incluso necesaria, pero para la Academia no es posible como sinónimo de sexo. Para las expresiones como discriminación de género y otras debe decirse “sexo” y no “género”. El uso del masculino en referencia a ambos sexos designa para la RAE a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexo. A pesar de ello, dice, en los últimos tiempos, por razones de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos. Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la reconocimiento del derecho a ser nombradas las mujeres y a una designación propia de género, como condición imprescindible del derecho a una igualdad real. El mantenimiento del masculino genérico en el lenguaje no responde a la totalidad de la Humanidad, sino a la designación del hombre. Es cierto que la construcción de un lenguaje de género presenta importantes dificultades que deben solventarse científicamente, pero que no deben ser obstructivas del desarrollo adecuado del lenguaje de género. Una de las mayores dificultades en la de la ley lingüística de la economía expresiva. Considera el lenguaje dual como una engorrosa repetición, y la arroba como un signo no lingüístico. Esta posición se superpone en el tiempo con algunas propuestas que, tanto desde el feminismo como desde una incipiente regulación normativa, están introduciendo la sustitución del masculino genérico, por el dualismo, el “se” impersonal seguido de la expresión verbal, y el uso de expresiones neutras. En el orden de propuestas concretas que se formulan para la erradicación del uso sexista del lenguaje, se está todavía en un proceso de indagación acerca de las cuestiones básicas del lenguaje binario, y no hay siquiera un primer intento de sistematización del lenguaje de género en el lenguaje ordinario, lo que hace aún más difícil su formulación en el derecho. Otras veces se realizan intentos de uso del lenguaje por parte del feminismo que tienen un contenido meramente reivindicativo pero que no parecen técnicamente muy adecuados para implantarse en la comunidad lingüística, pues para que un neologismo sea acogido socialmente, ha de satisfacer unas mínimas exigencias. Por encima de la anécdota, y en línea de propuestas, dado el escaso nivel de sistematización actual del lenguaje de género, conviene no renunciar totalmente al masculino genérico, o usar el término genérico de hombre con la intención de que se implante para uso de los dos géneros, así como tener cierta cautela con la feminización de ciertos términos que exageran ese tono reivindicativo de la igualdad. También pueden utilizarse determinadas figuras gramaticales que facilitan la neutralidad. Y una cierta prudencia en el uso de esas duplicidades, cuyo abuso puede resultar irritante.
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